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Puno virgen de la Candelaria

Días de fiestas altiplánicas

Hombre en las estrellas

De Lima a Arequipa y de Arequipa a Puno, casi un día entero de viaje, pasar tanto tiempo sentado resulta agotador, pero el humo relaja y lo hace todo más fácil. El camino se hace más suave y los paisajes más amigables. El bus se desliza con despreocupación, me da temor viajar en bus, el fondo del abismo siempre luce profundo y las curvas, pronunciadas. Telepáticamente le envío mensajes al conductor: no me deje caer, no me deje caer.

Con los brazos colgando, sin poder hacer nada más, vulnerable, me suelto en mi asiento. Calmada y resignada continuo observando y divago… qué importantes son las carreteras para un país… conectan, son como las venas de mi gigante geográfico favorito, Perú…

Amor, vamos a quedarnos aquí, calientes, mascando coca para la altura. Masajéame la espalda y no te olvides… tápame bien que el frío me resquebraja la piel.

Cable a tierra ya por la noche, es la parte pesada, lidiar con equipajes, buscar camas, acomódate, adáptate, la promesa de un cielo estrellado ayudar a recobrar el aliento. Pero pucha. Está lloviendo. Difícil salir a deambular por ahí. Un caldito recién hecho ayudará a calentar las manos. Quizá mañana tenga una aventura. Sueño. Sueño. Sueño. Ponchos y polleras. Me caigo. Me levanto. Qué lindas trenzas. Despiértame. Despierto.

Hace tiempo que me llamaba la atención la fiesta de la Virgen de la Candelaria. Recuerdo haber visto enormes trajes en televisión. Es una fiesta grande- decían. Bien bonito es- escuchaba. Llegué un par de días antes de la fiesta y si fuese más egocéntrica creería que ya todos me esperaban.

Por esos días no había conversación que no incluyera la palabra: fiesta. Iba a desayunar y lograba identificar esa palabra rumoreandose por las mesas. Subía al bus y mientras sonaban sayas de fondo la gente hablaba de puras fiestas. Iba a la plaza y bueno… ahí no era necesario hablar de fiestas porque ahí era la fiesta.

Me levantaba a las 6 de la mañana para tomar maca caliente. Era sublime. Siempre recuerdo el sabor de esos vasitos llenos de leche, algarrobina y maca. Dios, en ese momento sí existía la vida. Después de desayunar solía caminar, veía mujeres haciendo colas, salían con pestañas y trenzas. Se me antojaba entrar. ¡Qué vanidad! Pero nada. Siempre pienso que hay muchas cosas que no alcancé a hacer en ese lugar. Como esa de vestirme como bailarina, como subirme a un torito, como aprender aymara, como atrapar uno de esos patitos que flotaban tiernamente en medio del lago, como llevarme una de esas nubes blanquísimas amarradas al corazón.

Mujer puneña
Otra mujer puneña

Escribo esto mucho tiempo después de haber estado allá, casi un año. Seguramente he olvidado una gran cantidad de detalles, mi memoria-cristal suele empañarse con cada respiración. Y solo ahora noto que esta película no está completa unicamente con instantáneas de aquellos días lejanos, falta el testimonio. Quizá el morral que siempre me cuelga amerita no solo una cámara, sino también papel y lápiz.

Pero de las memorias que me quedan, veo claramente gente que bailaba mucho y a cada hora, bailaban con trajes y sin trajes, sobrios y ebrios, solos y acompañados, muchas veces todo al mismo tiempo. Pasé muchas tardes con las piernas cruzadas recostada en el suelo, igual que los niños, los asientos eran lo primero en acabarse y cuando por fin conseguía un asiento terminaba perdiéndolo por querer ir a tomar una que otra fotografía. El suelo estaba bien para mí. Yo miraba y miraba, y la gente pasaba y pasaba en filas interminables que se desplazaban entre matices de folklore y fe. No sé si la fe mueve montañas, pero me consta que mueve muchas caderas al ritmo de sayas.

Los puneños… comerciantes por excelencia, presumo que la cercanía a la frontera influye en eso. Tengo un amplio repertorio de impresiones en cuanto a la gente de por ahí, pero es cierto que he tenido suerte de toparme con gente amable, cuando he estado sola me han saludado y cuando lo he necesitado también me han salvado. Incluso me ponen sensibles cuando me mencionan que mi edad les recuerda a sus hijos e hijas, se imaginan a sus pequeños-ya-no-tan-pequeños viajando por ahí, llegando a Lima o al que hayan escogido como nuevo hogar y esperan que a donde sea que la vida los hayan llevado la gente no les sea indiferente.

Estoy delirando ¿Cómo es que siempre son tan buenos? ¿Cómo es que siempre me sonríes? Creo que solo la gente de la ciudad tiene la cara larga. Tuve un ángel en aquel lugar. Una voz me susurra a escondidas que todos somos uno. Alucinadísima te veo a través del espejo, claro pues… somos uno, ¿por qué a veces lo dudo? Y la voz resuena, pero está vez a gritos: no es un espejo, son las aguas de este, mi mágico lago.

Tranquilidad
Mágico lago
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