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Hubiera, hubiera, hubiera… ¿hubiera? ¡hubiera!

Relato. Ya había empacado mis cosas, exactamente una maleta y una mochila, no había más… tenía miedo de que llegará el momento, pero era tarde para decir que no quería ir. Tenía el pasaje comprado, mis padres me habían ayudado a alistar todo, nunca había hecho un viaje completamente sola, moría de miedo, a medida que el día se acercaba mi ansiedad se disparaba… que más daba, ya no podía echarme para atrás. Abordar ese avión fue un “ya que chucha…”. Mis padres sabían que algo me pasaba, pero me aguante las ganas de huir únicamente porque no quería dar explicaciones. Resultaba más fácil fingir una vez más.

Mi vuelo salía a las cinco así que a las tres de la mañana tuvimos que coger un taxi, tuvimos porque mis padres se empeñaron en despedirme en el aeropuerto como haciendo la cosa aún más difícil para mí. Bajé mi equipaje, mis padres no dejaban de darme consejos, yo ya no los escuchaba, sabía que me hablaban pero el zumbido en mis oídos me impedía saber de qué, solo recuerdo el movimiento de sus labios en cámara lenta, el ceño fruncido de mi padre, el último abrazo de mi madre, y un amargo sabor a café en el paladar, vagos recuerdos. Es el videoclip de mi vida. Me sentía dopada y a esas alturas no sabía a qué se debía, si a las pastillas o a que mi mente simplemente no era capaz de reaccionar, se encontraba sumergida divagando en los hubiera. ¡Qué daño me hacen los hubiera!

Recuerdo haber estado caminado sonriendo mientras hacía el ademán de despedirme con las manos, crucé la puerta y ya no pude contener mis absurdas lágrimas. Yo ya conocía esa sensación, ya sabía lo que era sentirme abrumada, y me daba mucha rabia encontrarme una vez más en esa situación.

Había planeado ese viaje con alguien más, estábamos seguros de que un viaje nos ayudaría a reconectar, pero un mes después solo yo estaba ahí, sin novio, completamente sola, compartiendo el asiento del avión con una extraña. Todo fue tan repentino, un día las cosas eran y al otro ya no más ¿cómo se lidia con eso? Pensé que tal vez me buscaría, nunca lo hizo y yo no tuve valor para hacerlo. Estaba avergonzada.

Cuando llegué seguía en shock, yo ya conocía Cuzco, de hecho tenía algunos familiares por ahí, no mantenía contacto con ellos y por mi estado de ánimo no pensaba retomarlo. El lugar me gustaba mucho, es por eso que había elegido ese lugar para nosotros. Lo primero que hice al llegar fue acomodar mis cosas en una de las tantas sillas de aeropuerto y echarme a dormir, me tocó dormir abrazada a mis cosas, un robo era lo que menos necesitaba en ese momento. Cuando desperté había salido el sol. Alquilé una habitación por el centro. Papel, toalla, control remoto, «gracias», cierro la puerta.

Literalmente todo el día lo usé para desahogarme, en casa nunca había tenido la libertad de llorar todo el día si así se me daba la gana, era necesario reprimir para no preocupar. Toda la mañana, toda la tarde, la música que quería al volumen que quería, lloré como nunca. Así pasaron muchas horas. Qué bárbara soy a veces.

Y cayó la noche en mi pequeño cuarto de hotel, cuando me vi al espejo me sorprendí al ver que tenía los ojos más hinchados que había visto jamás, me veía mal, bastante derrotada. Salí por primera vez en todo el día del cuarto, no había probado nada, solo el amargo café de la mañana, fui a sentarme a la plaza, ubiqué un lugar tranquilo, saqué un cigarro y simplemente me senté a pensar más. Al recordar todo y caer en cuenta de mi soledad en aquella ciudad lloré de nuevo, nadie me conocía… que más daba que me vieran. Me sentía por primera vez verdaderamente libre, así que continué simplemente por puro placer. Siempre quiero volver. Me pregunto que habrá pensado la gente que pasaba por ahí aquel día…

¿Alguna vez han atravesado episodios tan mierdas que lo único que quieren es desaparecer, irse lejos y volver a comenzar? Sin querer yo estaba en esa situación. Los primeros días fueron muy parecidos. Comida, lloradera, cigarrito, recorrer la ciudad, llorar de nuevo y a dormir. Fue realmente terapéutico para mí, lo mejor de lo mejor. Ni un día completo con el doctor Vargas me hubiera ayudado tanto. Poco a poco las horas destinadas a llorar fueron disminuyendo y empecé a tener verdadero tiempo libre, paseaba bastante. Andaba la mayor parte del tiempo sola y la verdad no tenía muchas ganas de socializar, me sentía raramente contenta de ser una extraña más y cuando comencé a aburrirme de simplemente dar vueltas empecé a buscar que hacer con tanto tiempo.

Una enorme cantidad de rostros nuevos recorriendo las calles, colores vivísimos y paisajes serenos pero singulares fueron motivos suficientes para una primera cámara. En la universidad a pesar de llevar el curso nunca me llamó mucho la atención la fotografía, de la nada se me vino la idea. Quise buscar cursos, no encontré y nunca me lleve bien con los tutoriales.

Todas esas fotos están tomadas en automático, no tenía ni la más mínima idea de qué demonios era un diafragma, mucho menos de qué podría ser el tiempo de obturación, era cómo leer en chino, un misterio, qué vergüenza. Por lo menos podía jugar a ser fotógrafa, tenía una nueva excusa para seguir dando mil vueltas por el mismo lugar.

Y así comenzó todo, sin más magia, para muchos puede no ser la gran cosa, pero para mí personalmente fue un inicio lindo, me ayudó a canalizar mi tiempo y energías y no andar deprimiéndome, sobretodo en ese contexto, simplemente no podía decaer, no tenía a nadie que me ayudara a sobreponerme en caso atravesara una nueva crisis, no había mamá, no habían amigos, no había ningún doctor Vargas que pacientemente me diera consejos que lamentablemente nunca llegaría a entender. Veo mi cámara, veo mis primeras fotografías y se me hace lindo-lindo, me trae muchos recuerdos, buenos y malos. La vida a veces me da pequeños descansos.

Me gusta tomar fotos, me gusta encuadrar, me gusta sentir que me quedaron bien, me gusta ver cómo algunos instantes de mi vida, de mi paso por ella, ahora son tan eternos como el mar. Recordar los inicios es recordar esa etapa y me gusta ver atrás, notar que con mucha dificultad, arrastrando los pies y todo el cuerpo pero al final avance, o por lo menos me moví de donde estaba. Había planeado ir un par de semanas, me quedé casi tres meses y nunca me fui por completo.

Ahora recuerdo las tardes en la plaza de Cuzco, recuerdo las montañas, recuerdo las nubes blanquísimas y el cielo celestísimo, recuerdo el sol sobre la sien, recuerdo la lluvia y todos buscando refugio, recuerdo personas, recuerdo el dolor por la ausencia y también la nueva compañía, recuerdo las calles empedradas, recuerdo nombres y apellidos, recuerdo los rocotos rellenos más ricos que jamás he comido, recuerdo la desesperación y la calma, recuerdo haber reído con extraños, recuerdo la luz pintando mis fotos, y pintándome, a su vez, un semblante más sereno.

Un día todo pasará…
Niño capturado en el tiempo
Desenfocado
Amanecer en Ollantaytambo
Bella mujer cusqueña
Mis tardes por la Plaza
Mirada
Irrupción
La luz al final del camino

Escrito en el 2020.

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